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lunes, 31 de agosto de 2009

Al pie del Tabernáculo

Signos del Cielo y del Infierno (segunda parte)

-¿Cómo vas, hermano Ángel? – preguntó Fray Fernando, todavía secándose las manos.
-Supongo que bien... Han nacido muchos varones en la diócesis...
-¡Malas noticias!
-No lo creo... hay... seis niñas...
-¡Hmmm! Entonces aún no nace...
-Con permiso. – se escuchó una voz familiar, detrás de la puerta.
-¡Adelante, don Alejandro! ¡¿Cómo ha estado?!
-Feliz y preocupado al mismo tiempo, amigo Fernando.
-¿Cómo así?
-¡Voy a ser abuelo, finalmente!
-¡Maravilloso! ¿Cuál es la preocupación?
-Imagínate: mi única hija, primeriza, con un embarazo que viene siendo difícil, y un marido veinte años mayor que ella. El obstetra le ha ordenado reposo absoluto hasta el octavo mes. Acaba de pasar su cumpleaños en cama...
-¿De cuánto está?
-Entra ya en el séptimo mes...
-Ya deberías reservar la Catedral para el Bautizo...
-A eso vine...
-¡Perfecto! Fray Ángel, puede usted ir a descansar...
-Gracias, Fray Fernando. – el novicio, sin entender el repentino cambio de actitud de su maestro, se retiró.
-Bien, ya estamos más tranquilos... ¿se sabe ya el sexo de la criatura?
-Sí, ayer lo confirmaron los estudios de ultrasonido, ¡es una niña!
-¡Bendita sea!
-¡Dios te oiga!
-Bien, hagamos esa reserva, entonces... ¿Qué día?
-Mi hija me ha pedido que sea el 12 de agosto.
-¿La Fiesta de Santa Clara?
-Sí... Tú sabes cómo son las mujeres de románticas... Quiere bautizarla en esa fecha, porque un cura le dijo ese día que tendría una niña... ¿Casualidad? Al poco tiempo se encontró en estado.
-¡Es un buen augurio! (“¡Es ella!... ¡La Cazadora está a punto de nacer! Creo que pasaré por la casa Suárez, ni bien se produzca el parto, debo preparar el lugar, y hacerlo a prueba de demonios...”) Veamos... ¡Oh!... ¡Magnífico! Para ese día no hay ningún bautizo, ¡éste será el primero!
-¡Fantástico! Oye, ¿qué tal si pides permiso y nos visitas?
-Lo pensaré.
-¡Nos vemos! Llámame cuando quieras.
-De acuerdo...

-Buenos días, señora Suárez, ¿puedo pasar?
-¿Quién eres?
-Mi nombre el Joel, soy el ayudante del jardinero...
-¿Y esas rosas?
-Para la pequeña... el perfume de las rosas blancas, es ideal para las niñas.
-¿Cómo sabes que es una niña?
-La mucama me lo dijo...
-¡Rosario! Siempre la misma chismosa... A propósito de rosas, ¿solucionaron el problema de las hormigas?
-¡Oh, sí señora! El rojo enredado en las columnas del frente quedó muy limpio; se lucirá para cuando nazca su bebé...
-¡Eso espero! ¡Hmf!
-¿Le ayudo con las almohadas?
-Sí, gracias.
-Despacio... ¡eso es! Ya puede sentarse mejor.
-¡Ahh, mi espalda!... ¡Hhhh! Bien... ya puedes retirarte... Joel, ¿verdad?
-Para servirle. – el muchacho, de unos diez años, salió por la misma puerta por la que antes había ingresado, y desapareció... para reaparecer bajo el balcón de la señora Suárez - ¡Hmmm!... Las hormigas... ¡insisten! Bien, tomemos medidas... – se inclinó sobre las raíces de la planta y las miró fijamente – Hermanas hormigas, sería conveniente que no le hicieran daño a las rosas... Éstas deben proteger la casa y a la pequeña por nacer... Por favor, retírense hacia otro lugar, en donde no haya rosales, busquen otras plantas que puedan servirles de alimento... – las hormigas, rápidamente acataron la orden, abandonando los canteros, en prolija fila india – Bueno... ahora, hay que recomponer el daño... y, ¿por qué no?, prestarle una ayudita a los capullos más pequeños... – besó con ternura una de las hojas semi marchitas... y al instante, una suave luz plateada bañó el rosal, restaurando todas las ramas y brotes...

-Mi Señor, no podemos acercarnos a la casa... hay demasiada protección... no hemos tenido acceso...
-SORPRÉNDANLA EN LA CALLE... TIENE QUE SALIR EN ALGÚN MOMENTO...
-Sí, Mi Señor.
(continuará...)

domingo, 30 de agosto de 2009

Al pie del Tabernáculo

2 – Signos del Cielo y del Infierno.


Clínica Universitaria de Navarra.
Ana Llobet tiene el parto atrasado un par de días y camina pesadamente hacia la Capilla. Tímidamente, se acerca al joven sacerdote que, sentado en el último banco, lee su Breviario.
-¿Padre?
-¿Sí?
-Quisiera recibir la Unción de los Enfermos, mi hijo no nace, ¡y tengo miedo!
-Venga, tome asiento.
-Gracias.
-¡Con cuidado!... ¡Hmmm!... ¡Parece enorme!
-¡Lo es! Pesa más de cuatro kilos...
-¡Santo Dios! Un varón, ¿verdad?
-El primero.
-¡Dios la está bendiciendo!
-¡Ya lo creo!... ¡Ja, já! ¡Se está moviendo!
-¿Puedo? – preguntó el cura, acercando su mano al vientre de la señora.
-¡Claro! Debe estarse encajando... ¡Ahhhhhh!
-¿Contracciones?
-¡¡Sí!!... ¡Oh, Dios!... ¡¡Rompí la fuente!!
-¡Oh, oh!... ¡No se mueva!... Apóyese en estos almohadones... ¿Puede esperar unos minutos?
-Creo que sí...
-Voy a llamar al partero de guardia... ¡lo mío es bautizar!
-¡Cierto! ¡Ahhh! – la señora intentó sonreír, pero estaba asustada... Para cuando el sacerdote regresó con el obstetra, el bebé había nacido... al pie del Tabernáculo.
-¡Por Dios! – exclamó el médico - ¡Sí que tenía prisa por venir al mundo!... ¡es un varón!
-¡Ya puede usted darle el Agua del Socorro, Padre! – suspiró la mujer, mientras el lloroso recién nacido reclamaba su primer alimento.
-¿Qué nombre va a ponerle?
-Jordi, como su abuelo. – respondió Ana, mientras dos enfermeros la subían a una camilla, antes de trasladarla con el neonato al quirófano. El joven clérigo se quedó de pie, pensativo. Nunca antes había vivido algo así, ni sentido tanto miedo. Un miedo mortal, que lo atormentaría de allí en más, cada vez que administrara el Bautismo. Años más tarde de manos del propio Jordi, comprendería el por qué. Así y todo, un extraño presentimiento lo llenó.
-(“Jamás vi cosa igual... este niño tiene un gran futuro... nació a los pies del Señor... Quizás nunca llegue a verlo, pero estoy completamente seguro de que va a ser sacerdote... ¡Y un sacerdote muy bendecido!”)

Se oye un grito aterrador en el claustro... La calma y la paz, tan habituales en ese lugar, se pierden por completo. El desesperado llamado viene de la celda de fray Fernando. Sosteniéndose, más que asomándose por la puerta, se vio a un pálido novicio.
-¡Fray Ángel, ¿qué sucede?!
-¡V-véalo usted mismo, Fray Fernando! – el fraile ingresó al lugar, para paralizarse de horror, pero no se sorprendió. Por desgracia, no era nada nuevo. Todo le era repulsivamente familiar. Este tipo de señales aparecieron mucho antes, en sus pesadillas. Ahora eran parte de una inevitable realidad.
-Un aviso...
-¡¿Aviso?!
-Sí... Lamentable y difícil de comprender... pero aviso al fin.
-¡Pero, ¿qué es lo que avisa?!
-El inicio de una etapa muy esperada... – susurró Fray Fernando, mientras su mirada recorría la inexplicable escena: un torrente de sangre semi coagulada, que había manado del crucifijo en la pared opuesta, llegaba hasta la cama, en la que un murciélago yacía atravesado por una estaca tallada en madera de roble, con la forma de un capullo de rosa. La sangre sobre el arma hacía que la madera se viera de color carmesí – Está sucediendo...
-¡¿Qué cosa?!
-Ya no es un sueño...
-¡¡Fray Fernando, por Dios, ¿de qué habla?!!
-Hermano, yo me ocuparé de esto, usted guárdelo como si fuese su primer secreto de Confesión... Y hágame un favor...
-¡¿Cuál?!
-Vaya a la secretaría parroquial y busque en los registros del libro de Bautizos, a todas las niñas que estén apuntadas para el resto del año...
-¡De inmediato!


-¡Papá, por favor! El médico no me permite levantarme de la cama, ¡tienes que ir!
-¡¿Por qué no lo ha hecho tu marido?!
-¡Ya sabes cómo es él! Siempre está tan ocupado... ¡Te lo suplico, tienes que reservar la Catedral desde ahora!
-¡Está bien! ¡Iré!... ¿Qué fecha me dijiste?
-Doce de Agosto.
-Nadie de la familia, se ha bautizado en esa fecha, es pleno verano, todo mundo está de vacaciones.
-¿Qué hay de malo en eso? La fiesta puede hacerse en nuestro nuevo barco, es una excelente excusa para inaugurarlo, ¿no crees?!
-La verdad, ¡no lo había pensado! Descansa, volveré en una hora.
-¡Estaré bien!
-¿Lo prometes?
-¡Lo prometo!

-(“Se lo prometí a Fray Fernando... y debo cumplir... aunque me ha pedido cosas más descabelladas... vamos a ver... Bautismo... ¡Aquí está!... Hmmm... 1983... ¡Ajá!... Bien... ¡comienza la búsqueda!”)

-¡GRRR!... ¡¡COMIENCEN LA BÚSQUEDA!! LA SEMILLA DE LAS ASESINAS HA SIDO NUEVAMENTE SEMBRADA... DESTRUYAN A LA MUJER GRÁVIDA, Y LA SÉPTIMA GENERACIÓN DEBERÁ ESPERAR OTROS CIEN AÑOS... LO CUAL NOS DARÁ EL TIEMPO SUFICIENTE PARA AMPLIAR NUESTRO EJÉRCITO DE SUPERIORES, MAESTROS Y CENTINELAS... Y PARA HACERNOS INMUNES A CUALQUIER ARMA QUE ESTOS IMBÉCILES MORTALES... CREAN CAPAZ DE DAÑARNOS... AHORA, ¡TRABAJEN!... YO DORMIRÉ UNOS AÑOS MÁS... ESTO ES COSA DE PRINCIPIANTES... – el sujeto estaba de espaldas. Era alto y fornido, con una elegancia principesca. Estaba envuelto en una capa de raso negra. Luego de su breve discurso, desapareció en las sombras.
(continuará...)

sábado, 29 de agosto de 2009

Al pie del Tabernáculo

El Rosal (parte 2)

-¡Una oportunidad más antes de ver a un médico, Rodrigo! ¡Eso es todo lo que te pido! – suplicó Encarnación Ripoll, con sus negros ojos llenos de lágrimas.
-Está bien... será esta noche. Pero de todos modos, pide el turno para el especialista en fertilidad. – respondió Rodrigo Suárez Puig, cerrando su maletín. Los dos salieron de la oficina, apenas tomados de la punta de los dedos. Abordaron el ascensor. El imponente edificio construido en la afueras de la ciudad era de estilo modernista, de concreto y vidrios espejados. Constaba de catorce pisos, el último de los cuales era la vivienda del matrimonio. Las oficinas correspondientes a la presidencia de la empresa ocupaban la planta inmediatamente inferior. El despacho de Rodrigo estaba pegado al de su esposa, por éste tenía que pasar para acceder al elevador. Continuando con todo el lujoso estilo de las oficinas, estaba ricamente alfombrado, con espejos en las paredes y relucientes pasamanos de bronce, sobre uno de los cuales cayó una salada y discreta lágrima, junto a los guantes apretados en la mano derecha de Encarnación.
-Ya no llores, mi reina. Podemos adoptar un niño del orfanato, si tantas ganas tienes de ser madre...
-¡Ese no es el punto!
-¡¿Entonces?!
-¡Hhhhh! Es que... ya todas mis amigas casadas han tenido hijos... He quedado última... ¡Yo, que fui siempre primera en todo!
-¡Linda!... – respondió Rodrigo, reprimiendo un gesto de fastidio, ante el casi infantil auto reproche de su mujer - ¡Si te angustias, no mejorarás tu situación!... Mira... ¿Qué tal si suspendo mi reunión de esta tarde, y nos vamos tú y yo a dar un paseo por la ciudad, o al cine o quizás a la plaza a tomar sol?
-¡De acuerdo!

-¡De acuerdo, de acuerdo Fray Felipe! Saldré hacer ese pedido de Biblias para los novicios...
-Le hará bien un poco de aire fresco, Fray Fernando.
-¡Ya, ya! – protestó Fray Fernando.
-Lo hacemos por su bien, Fray Fernando… no podemos verlo así de desmejorado… ya no sabemos qué más podemos intentar para que se recupere.
-Lo sé, hijo mío. Ustedes son jóvenes y no tienen la culpa de lo que a mí me sucede… volveré en unos minutos. – concluyó el fraile, antes de que la enorme puerta se cerrara tras él. Cruzaba la plaza de regreso al claustro, cuando entre las encinas divisó a la pareja. Caminaban despacio, como distraídos, tristes, casi ajenos el uno del otro. La misma sensación que percibió esa mañana cuando su rosal floreció, se repitió en el mismo instante. El sacerdote, sin entender demasiado por qué lo hacía, apuró el paso hacia ellos. La dama iba vestida de impecable lino blanco. Radiante. Pero algo le sucedía, el sacerdote podía sentirlo; estaba relacionado con sus pesadillas, y Fray Fernando iba dispuesto a averiguarlo.
-(“Es una hermosa mujer... hmmm... ¿Qué es esa mancha roja en su vientre?... No, no... no es una mancha... es... ¡Por el rosario de Santa Clara!... ¡una rosa!... ¡Un… capullo de rosa roja!”) – en ese preciso instante, un rayo de sol atravesó las ramas de los frondosos árboles, y fue a posarse sobre la falda de la señora, confirmando la visión del cura...
-¡Buenas tardes, padre! ¡Su bendición! – rogó Encarnación.
-¡Que el Señor te bendiga y te guarde, te muestre su Rostro, tenga Misericordia de ti y te conceda la paz!
-¡La paz! ¡No quiero la paz! ¡Quiero concebir un hijo! – respondió la mujer, rompiendo a llorar.
-Dios contempla tu sufrimiento, hija... Calma... – el fraile la tomó de las manos y la miró fijamente a los ojos... por dentro, su corazón otra vez palpitaba enloquecido... sin saber cómo, se encontró profetizando – Es una niña... una hermosa niña... la veré dentro de un año... Acuérdate de Santa Clara de Asís al bautizarla...
-¡¿Tendré una hija?!
-Si Dios quiere...
-¡¿Cómo puede asegurármelo?!
-Una rosa roja ha florecido en mi jardín, esta mañana, de repente. ¡Fue maravilloso! Así será tu parto... – sin más, Fray Fernando se alejó rumbo al convento. Encarnación Ripoll lo miraba asombrada.
-¿Qué día es hoy? – preguntó a su perplejo marido.
-Doce de Agosto…
-¡Doce de Agosto! No puede ser casualidad...
-¿De qué hablas?
-¡De Santa Clara de Asís! ¡Hoy es la solemnidad!
-¡Cielos!
-¿Vamos a Misa?
-¡Por supuesto!
Esa noche no celebraba misa Fray Fernando. Estaba con su rosa. La rosa de Santa Clara. La señal que había estado esperando por años. Sólo él podía entenderlo. Con sumo cuidado, se calzó los guantes y tomó las tijeras.
-(“Ven conmigo, hermosa rosa... esta noche dormiré en paz... libre de esas horrendas pesadillas...”) – susurró mientras con total delicadeza, cortaba la pequeña flor y la llevaba a su celda, para colocarla en un florero, junto a la imagen de la Virgen del Carmen. Y sí, esa noche, durmió en paz.
Tan bien descansó, que sus pupilos hasta lo vieron más joven... ¡y sonriente!

Un mes más tarde.
Consultorio del Doctor Repmann.
-Señora Suárez, por lo visto, no merece la pena que usted y su esposo inicien ningún tratamiento de fertilidad... más bien, le recomendaría que repose lo más que pueda... ¡porque usted, ya está encinta!
-¡¿Está seguro?!
-El análisis lo confirmará en unos días, ¡pero pongo en juego mi título a que es una niña!
-¡Mi marido prefiere un varón! Pero será lo que Dios quiera...